Publicado en Volúmenes nº 44. enero-marzo 09Todas las artes están emparentadas. Podemos relacionar la pintura con la escultura; la música con la poesía y la arquitectura con la literatura. En este último caso encuentro cierta similitud entre distintos autores: Alvaro Siza y Fernando Pessoa; Aldo Rossi y Rainer M. Rilke; o Víctor López Cotelo y Pedro Salinas. El paralelismo existe no solo porque aparezcan equivalencias formales, espacios ya descritos en prosa o simples destellos literarios en sus memorias; sino porque ambos expresan unos mismos pensamientos y comunican idénticos significados.
Las buena arquitectura como los clásicos de la literatura alumbran toda una vida. Recogen momentos históricos de la memoria colectiva y los convierten en iconos propios de una generación. Son obras de arte que sobreviven al tiempo y al cambio, anclándose para siempre en la realidad.
El perfil intelectual de un arquitecto y, como consecuencia su obra, se caracteriza por la formación cultural que ha recibido. Ese alimento intelectual es imprescindible para no caer en la obsesión por la forma o la imagen. Podríamos escribir una historia de la arquitectura atendiendo sólo a las referencias formativas de cada autor. El buen arquitecto vive preocupado por aumentar su formación cultural. Lee y dialoga con los libros; piensa y se hace preguntas; escribe y nos muestra su alma. Estos tres elementos son importantes porque el que no lee ni escribe bien, no puede tener sino los rudimentos más elementales del pensar. La formación del arquitecto debería ser eminentemente humanística, porque necesita una imagen clara y elemental de lo que es un hombre, de cuál es su perfección y de cómo se cultiva. Es el único camino para que la arquitectura configure el bien el entorno y mejore la calidad de vida de las personas, alcanzando, como en la literatura, obras de dimensiones creativas y estéticas.
Aunque parezca un tema menor, la lectura para este propósito es esencial. La parte más importante del cultivo de la inteligencia se hace con la lectura de los grandes libros: las grandes novelas; las de historia, también las biografías; y el ensayo.
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Se entiende que no se deba caer únicamente en esa lectura inevitable por las circunstancias profesionales, o esa otra que consiste en un mero ejercicio de evasión, sino todo aquel papel impreso que contribuye a que el espíritu adquiera “forma humana”.
Pero, ¿que debe leer un arquitecto?. En primer lugar, aquello que nos atraiga por la razón que sea o que simplemente haya gustado a otros de confianza. De todas formas conviene establecer algún criterio de selección, porque la oferta que se nos presenta es abundante. Padecemos una abundante crisis de excedentes culturales que intoxican. El número de escritores es enorme y va en aumento porque es el único oficio que se practica sin haberlo aprendido.
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Continúa...
Las primeras las resumiría aconsejando no leer aquella prosa que aún esté demasiado fresca. Suelen ser los Best-Seller de temporada. Es literatura que se hace para venderla y no para vivirla. Es preferible esperar. El tiempo del que disponemos es limitado y consumir un mal producto aturde. También hay que huir de aquellos libros de los que decía Goethe en Arte y Antigüedad, “...parecen escritos, no para que se
aprenda en ellos, sino para que se sepa que el autor sabía algo”. Se distingue porque son lanzados al mercado con demasiada pompa mediática, suelen estar mal traducidos y acumulan erratas. Tampoco soy partidario de las revistas de arquitectura que tan solo ofrecen imágenes y cuidan muy poco los textos. Los buenos proyectos, se deben poder leer.En definitiva, hay que leer sobre todo clásicos. Libros que resisten al paso del tiempo. Pedro Salinas en su libro el Defensor, lo razona así: “Leer con atención profunda los clásicos es entrar en contacto con gentes que supieron pensar, sentir, vivir más altamente que casi todos nosotros, de manera ejemplar; y darnos cuenta de cómo ese pensar y ese sentir fueron haciéndose palabra hermosa. Los clásicos son una escuela total; se aprende de ellos por todas partes, se admira lo entrañablemente sentido o lo claramente pensado, en lo bien dicho. Y cuando nos toque a nosotros, en nuestra modesta tarea del mundo, la necesidad de hacer partícipe a nuestros prójimos de una idea o de un sentimiento nuestros, esos clásicos que leímos estarán detrás, a nuestra espalda, invisibles pero fieles, como los dioses que en la epopeya helénica inspiraban a los héroes, ayudándonos a encontrar la justa expresión de nuestra intimidad”.
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Recientemente en Granada se están construyendo interesantes proyectos que exteriorizan el fondo literario de sus autores. Por citar alguno, me gustaría detenerme en el Museo del Agua en Lanjarón, del arquitecto Juan Domingo Santos.
Evita las formas de límites marcados para entregarnos materiales densos y esenciales: maderas, piedras, metales. Emplea un lenguaje constructivo en el que aprovecha la fidelidad a la vida inmediata, el arraigo a lo popular, el hablar de las gentes y el decir popular de los alpujarreños. Es tan frágil y exacto en sus detalles, que hubieran bastado unos pocos desaciertos constructivos para estropear toda la voluntad del arquitecto.
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Jaime Vergara Muñoz
Arquitecto

































